La ciudad mas antigua de Los Estados
Unidos de América, fue fundada en 1565 por el almirante español Pedro Menéndez
de Avilés, el 8 de septiembre, quedando bautizada con el nombre de San Agustín
por ser ese el día del santo. Su carácter hispano y religioso condicionó desde
los orígenes a San Agustín, que se adelanta por 21 años al primer asentamiento
británico en Virginia, y por 42 a los primeros territorios en Nuevo México.
Un grupo de
misioneros franceses construyó el fuerte de Caroline en las orillas del río de
Saint John (en donde hoy es Jacksonville). Esto molestó al rey de España que de
inmediato envió a Pedro Menéndez de Avilés a destruir el fuerte y ordenó se
construyera una colonia del gobierno español y fue así como surgió la fundación
de la ciudad de San Agustín en 1565.
La colonia española fue ocupada por
ingleses, aunque paso a ser nuevamente habitada por españoles, y acabó
finalmente siendo territorio estadounidense en 1821. La larga historia de San
Agustín incluye ataques de piratas, guerras y lo que fue el ‘boom’
industrial gracias al ferrocarril, hecho esencial en el posterior
desarrollo de Florida. También fue sitio clave para el movimiento de los
derechos civiles liderado por Martin Luther King Jr. en los años sesenta.
Cuando llegas a esta ciudad, da la
impresión que estas fuera del territorio Norteamericano, y que te encuentras en
una vieja y pintoresca ciudad de Europa. Verdaderos monumentos de historia
conforman su arquitectura colonial, conservada hasta la actualidad, como el Castillo
de San Marcos, la llamada Escuela de Madera más Antigua de Estados Unidos (del siglo XVIII), el faro, la primera catedral
católica del país, viejos cementerios, el hotel Ponce de León, el museo del antiguo cuartel militar español, que guarda
objetos cotidianos de la época, y la casa de Peña Peck, uno de los mejores
ejemplos de mansiones del siglo XIX. Además de otros museos, en
calles como la St. George se puede encontrar todo tipo de restaurantes, cafés,
bares, tiendas y galerías de arte. Es una tradición de esta ciudad, el brindar
a sus visitantes su aspecto histórico, a lo largo y ancho de sus comercios
calles y plazas, desde el vestuario de los camareros y dependientes, hasta todo
tipo de artista callejero, crean un ambiente de perfecto bienestar. En la
frescura de sus patios, rodeados de verdes jardines, puedes pasar horas
contemplando la belleza, la tranquilidad y disfrutando del buen clima del
lugar. Además de contar con una playa a solo 5 minutos del centro de la ciudad.
La forma más sencilla para explorar San Agustín es comenzando por la puerta
de la ciudad, una de las entradas de la antigua muralla que protegía el casco
histórico y de la que todavía quedan restos. Al borde del mar, al final de la
avenida Méndez, encontramos uno de los mayores símbolos de San Agustín, el
castillo de San Marcos, que se construyó en 1695 para proteger la ciudad de los
ataques de piratas y corsarios. Con unas murallas de hasta seis metros de
altura hechas de coquina, una piedra caliza formada por conchas y corales
sedimentados que absorbía los proyectiles enemigos, este fuerte español es uno
de los más completos que se conservan en Estados Unidos.
En 1586 el corsario Sir Frances Drake invadió y quemó la ciudad de San
Agustín. Esta amenaza de corsarios e ingleses llevó a la Corona española a
ordenar al gobernador don Manuel de Cendoya, ya radicado en San Agustín a que
construyera un fuerte para proteger las costas occidentales de la Florida.
El Castillo de San Marcos fue una obra majestuosa, con una semblanza de castillo
medieval Europeo, que restringe el acceso con canales de agua alrededor y
cuenta con cuatro bastiones, con garitas de centinelas de la artillería de los
pesados cañones que disparaban balas de 50 a 100 libras; la plaza de armas,
cuartos de guardias, 20 bodegas de almacenamiento de víveres, almacén de
pólvora, tres pozos de agua y una iglesia.
El 10 de julio de 1821 el estandarte español fue bajado permanentemente y
con el estruendo de cañones fue izada la bandera con 23 estrellas de los
Estados Unidos.
En 1825 los norteamericanos cambiaron el nombre del Castillo de San Marcos
con el nombre del general Francis Marion. En 1942 el Congreso federal restituyó
el nombre del fuerte y el Servicio de Parques Nacionales tomó la custodia de
obra monumental.
Desde el castillo de San Marcos se divisa la cruz de la misión del “Nombre
de Dios”, de más sesenta metros de altura, ubicada en el lugar exacto donde
tocaron tierra los colonizadores españoles y donde se celebró la primera
eucaristía que convirtió a San Agustín en la diócesis católica más antigua del
país.
La historia de San Agustín posterior a la colonización española puede
admirarse a lo largo de la calle King que discurre hacia el norte de la plaza
de la Constitución, en una zona donde el millonario Henry Flagler empezó a
concebir el sueño de convertir Florida en uno de los principales destinos
turísticos del país tras iniciar la construcción del ferrocarril en este estado
a finales del siglo XIX.
El hotel Casa Mónica y el
castillo de Zoraida, que reproduce a escala una parte del palacio de la Alambra
de Granada, completan el atractivo de esta zona, un claro ejemplo de los
intentos de San Agustín por adaptarse a la modernidad.
Estas construcciones contrastan con las de la vecina calle Avilés, más estrecha,
que tiene reservadas otras sorpresas del pasado como el hospital militar
español, la casa del comerciante español Ximénez-Fatio, de finales del siglo
XVIII, y uno de los tesoros de San Agustín, la casa más antigua que se mantiene
en pie, con más de 300 años de historia, que perteneció al artillero español
Tomás González.
La historia, el contraste y la belleza,
hacen de esta ciudad un lugar mágico, feliz, alegre, que el tenue gris de las
tablas añejas de muchas fachadas lejos de impregnar tristeza, dan una sobriedad
como fondo a ese mundo casi irreal, místico, semejante al de los cuentos de
hadas y las películas de fantasías.
Uno de los proyectos en los que trabaje como miembro del equipo Yurta Tenerife, en Icod de los Vinos, Tenerife , Islas Canarias. Era un edificio multifamiliar, en un terreno escalonado con fachada a dos calles en diferentes altitudes. Consta de apartamentos en los niveles superiores, locales comerciales en las primeras plantas y garajes en sotano.
Martín Domínguez Esteban ha sido un arquitecto fantasma. Dos veces exiliado, su nombre fue borrado por el franquismo y el castrismo, y su obra adjudicada a otros autores. Una exposición en la Fundación ICO, de Madrid, rescata su trabajo y reivindica a toda una brillante generación de arquitectos.
EL HIPÓDROMO DE la Zarzuela de Madrid, con sus espectaculares tribunas y las desafiantes cubiertas en voladizo, forma parte de los anales de la arquitectura. También el edificio Focsa de La Habana, ese “libro abierto” de 39 plantas, inspirado en Le Corbusier, que dialoga con la bahía y el malecón de la capital cubana. Detrás de estas dos obras tan emblemáticas, tan estudiadas, tan diseccionadas, se esconde, curiosamente, un fantasma. Un nombre que no figura en los libros ni en las publicaciones especializadas. No es un error. Esel olvidoal que dos dictaduras, la deFrancisco Francoy la deFidel Castro, condenaron a un hombre liberal e íntegro: el arquitecto vasco Martín Domínguez Esteban (1897-1970).
Detalle de la fachada principal del edificio FOCSA, de La Habana.ARCHIVO MARTÍN DOMÍNGUEZ ESTEBAN
Durante décadas, el hipódromo, proyectado en 1934, se adjudicó oficialmente al ingeniero Eduardo Torroja. Los otros coautores, Martín Domínguez y Carlos Arniches, fueron borrados de la memoria. El edificio Focsa aparece asignado al arquitecto Ernesto Gómez Sampera. Martín Domínguez es ignorado en las guías de arquitectura cubana, incluso en la que editó en 1998 la Junta de Andalucía con las autoridades de La Habana.
“Con el espíritu humanista de la Institución Libre de Enseñanza, querían transformar una sociedad agraria y caciquil en otra más justa, moderna e ilustrada”
Domínguez engrosó la lista de arquitectos condenados al exilio o al ostracismo tras la Guerra Civil, muchos de ellos depurados, como Josep Lluís Sert, Manuel Sánchez Arcas, Félix Candela, Carlos Arniches o Arturo Sáenz de la Calzada, en lo que supuso el desmantelamiento de la vigorosa arquitectura española de la primera mitad del siglo XX. En el caso de Martín Domínguez, el exilio fue doble: primero a Cuba, con 40 años, y luego a Estados Unidos, ya con 62. Pero sus derrotas personales frente a los totalitarismos nunca le apartaron de su compromiso: poner la arquitectura al servicio de la sociedad. Murió en Nueva York en 1970. Hoy, el tesón de su hijo, el también arquitecto Martín Domínguez Ruz, y de Pablo Rabasco, profesor titular de Historia del Arte de la Universidad de Córdoba, ha permitido rescatar un legado y una biografía memorables.
El arquitecto junto a su esposa, Josefina Ruz, y su hijo, Martín, en su primer invierno en Ithaca (Nueva York), en 1960.ARCHIVO MARTÍN DOMÍNGUEZ ESTEBAN
MADRID. Sueños frustrados. “Mira los arcos. Marcan el ritmo de todo el edificio. El ritmo del galope de un caballo”. Un ritmo acompasado por las cubiertas onduladas de las tribunas de espectadores. A unos cuantos metros, los cascos de los purasangres retumban en la pista. Martín Domínguez Ruz tiene 72 años. A los 23 pisó por primera vez el Hipódromo de la Zarzuela, en el madrileño Monte de El Pardo. Corría 1968 y tomó unas fotos que de vuelta a Nueva York mostró a su padre, Martín Domínguez Esteban. El arquitecto vasco, uno de los tres autores de aquel proyecto, nunca pudo ver la obra acabada. Los trabajos llevaban dos años cuando estalló la Guerra Civil, en 1936. “Mi padre marchó al exilio. A Carlos Arniches, que se quedó, lo represaliaron y no pudo terminarla. El ingeniero Eduardo Torroja sí pudo seguir y se mantuvo fiel a los planos”.
Publicidad del Patronato Nacional de Turismo.ARCHIVO MARTÍN DOMÍNGUEZ ESTEBAN
Plano de la Colina de los Chopos (Madrid, 1940) con el Museo de Ciencias y la Residencia de Estudiantes.ARCHIVO MARTÍN DOMÍNGUEZ ESTEBAN /
Como buen arquitecto, a Martín le gusta desgranar la filosofía que subyace a la estructura. El hipódromo es una proeza técnica, sí, pero también una manera de entender un momento histórico. “Mi padre y Arniches quisieron recrear un pueblo en fiestas, donde se mezcla lo elitista con lo popular, lo tradicional con lo moderno. Un entramado de espacios que invita al paseo y al encuentro con los yoqueis y los caballos, con el paddock en el centro, rodeado de soportales, como en las corridas en la plaza central de Sepúlveda en las fiestas patronales”. Todo ello combinado con un gran desafío técnico: las grandes marquesinas de hormigón armado que parecen ondear sobre las tribunas y que se sujetan con su propio peso al hall de entrada.
Los muros encalados y las cubiertas de teja árabe desataron en su día las críticas de los ortodoxos de la vanguardia. Pero Arniches y Domínguez no querían romper con el pasado. Se trataba de ir al futuro partiendo de las propias tradiciones, muy en el espíritu humanista de la Institución Libre de Enseñanza y la Residencia de Estudiantes, donde Domínguez se alojó entre 1918 y 1925. Su hijo traza un paralelismo con el proyecto teatral de La Barraca, de Federico García Lorca, amigo de su padre. “Querían transformar una sociedad agraria y caciquil en otra más justa, más moderna y más ilustrada a través del lenguaje arquitectónico”. Y aquí llega el momento de poner las cosas en su sitio. “El hipódromo es una obra unitaria. Es fruto del diálogo entre dos arquitectos y un ingeniero, que unen dos tradiciones constructivas contrapuestas. Ha habido historiadores que han tenido la temeridad de decir que las tribunas eran de Eduardo Torroja, y eso era conveniente porque Arniches y Domínguez no contaban con las simpatías del régimen. La realidad es que fue una obra conjunta de tres profesionales que se respetaban, y en la memoria se dice muy claramente. Esto sin Torroja no hubiera sido así, pero sin los arquitectos tampoco”.
Edificio Radiocentro, de la compañía CMQ, en La Rampa habanera. Fue el primer complejo multifuncional de Cuba.ARCHIVO MARTÍN DOMÍNGUEZ ESTEBAN
Hasta 1936, la carrera de Martín Domínguez parecía imparable. Procedente de una familia de la alta burguesía de San Sebastián, compartía su estudio, ubicado en el hotel Palace, con Carlos Arniches, al que había conocido en 1924. Ambos participan de lleno en el movimiento modernizador que se abre paso en España. Se implican en la construcción de los Albergues de Carretera del Patronato Nacional de Turismo (semilla de los Paradores Nacionales), una iniciativa de 1928 para fomentar el turismo con automóviles y actualizar las espantosas infraestructuras hosteleras del interior del país. Proyectan poblados agrícolas y colaboran con su mentor, Secundino Zuazo, en la construcción de los Nuevos Ministerios. Y se vuelcan en el proyecto de renovación pedagógica, con la obra del Instituto Escuela y el Parvulario (hoy, el instituto Ramiro de Maeztu) y el Auditórium de la Residencia de Estudiantes en la calle de Serrano (destruido nada más acabar la guerra y reconvertido por Miguel Fisac en la capilla del Espíritu Santo).
“Mi padre supo desde el principio dónde iba a terminar la revolución cubana. Pronto identificó los discursos de Fidel Castro con los de la Pasionaria”
Cuando estalla la contienda, Martín Domínguez se ofrece a la capitanía general para realizar con otros arquitectos los planos de las defensas de Madrid, que serían construidas por obreros desempleados. Los sindicatos rechazan el plan. “Mi padre vio ahí que la guerra estaba perdida. Y así se lo dijo a Juan Negrín”, recuerda su hijo. En diciembre de 1936. Martín Domínguez cruza a pie la frontera francesa. Lluís Companys ha intercedido con el líder de la CNT para que le den el salvoconducto (“tiene cara de simpático, le dejamos salir”, le dijo el jefe sindical). Acaba en Amberes y se embarca en un buque rumbo a Veracruz. De ahí viajaría a Estados Unidos. El barco hace una escala de dos semanas en La Habana. Y el arquitecto cambia sus planes y decide quedarse en tierra. Carlos Arniches, por su parte, se enclaustra en un exilio interior hasta su muerte, en Madrid en 1958. En esos años construyó los poblados de colonización de Algallarín (Córdoba) y Gévora (Badajoz) o el Centro de Estudios del Tabaco, en Sevilla.
Martín Domínguez (segundo por la derecha), en la Universidad de Cornell (1961).ARCHIVO MARTÍN DOMÍNGUEZ ESTEBAN
LA HABANA. Los años dorados. Abril de 2017. Martín Domínguez Ruz explica en la Escuela de Arquitectura de Cuba el proceso de creación del Hipódromo de la Zarzuela con las mismas diapositivas que usaba su padre. Hacía 58 años que no pisaba su país natal, que dejó siendo adolescente. El reencuentro le provoca sensaciones encontradas. “Nunca había visto tantos policías y militares juntos. Pero luego dices… Dios, qué ciudad tan bella. Y el contacto con la gente no oficial es tan amable y tan cálido. Encontré muy pocas personas afectas al régimen”. Decidió regresar junto a Pablo Rabasco para buscar las huellas de su progenitor, sobre todo las viviendas públicas que desarrolló en varios barrios habaneros. Pero ninguno de los expertos los ayuda. “Sus carreras peligraban. Resulta que el que hizo esos planos no fue un hombre nuevo guevarista, sino un señor liberal y demócrata, salido de Cuba y denominado después ‘gusano’. Así que ahora los autores han pasado a ser arquitectos revolucionarios del Instituto Nacional de la Vivienda. Cambiar el relato va a ser difícil”.
Maqueta para el concurso del edificio Libertad, de Martín Domínguez, Ernesto Gómez Sampera e Ysrael Seinuk (1959).ARCHIVO MARTÍN DOMÍNGUEZ ESTEBAN
La Cuba que conoció Martín Domínguez padre era muy diferente. Un país efervescente, con una economía boyante y una agitada vida cultural. Pero había un problema: el Colegio de Arquitectos se negó a reconocer su título profesional. “Fue por corporativismo. En mi certificado de nacimiento, de 1945, figura que soy hijo de Josefina Ruz, secretaria y trabajadora del hogar, y de Martín Domínguez Esteban, decorador de interiores. Se presentaba así, con su guasa”. Pese a todo, Domínguez pronto empieza a destacar. Se asocia con otros arquitectos y firma los planos como tesorero o como ingeniero. Con Miguel Gastón construye para el grupo de comunicación CMQ, el más importante de Cuba, el edificio Radiocentro, en el barrio del Vedado. Terminado en 1947, fue el primer complejo multifuncional del país, con comercios, oficinas, estudios de radio y televisión y el cine Warner (hoy, Yara). Walter Gropius, el fundador de la Escuela de la Bauhaus, lo alabó en una visita a La Habana.
Martín Domínguez Ruz, ante las tribunas del Hipódromo de la Zarzuela, obra de su padre, Arniches y Torroja.JAMES RAJOTTE
Precisamente para dar alojamiento a los empleados de la emisora surge el proyecto más audaz de Martín Domínguez en Cuba: el edificio FOCSA (Fomento de Obras y Construcciones, SA), realizado con Ernesto Gómez Sampera. El edificio, de 39 plantas (en su momento era el segundo más alto del mundo en estructura de hormigón), se planteó como una pequeña ciudad autosuficiente, siguiendo los parámetros de Le Corbusier, uno de los grandes referentes de Martín Domínguez, y a quien conoció en la Residencia de Estudiantes. El inmueble se estructuraba en dos alas que partían de una charnela central y su juego de niveles constituía un alarde técnico. El FOCSA debería haber recibido la medalla de oro del Colegio de Arquitectos de 1957, pero el asalto al palacio presidencial provocó la cancelación de la convocatoria. Fue un presagio de la inestabilidad política que se avecinaba y cristalizó con la revolución de enero de 1959.
Albergue de carretera de Bailén (Jaén), obra de Arniches y Domínguez.ARCHIVO MARTÍN DOMÍNGUEZ ESTEBAN
Para entonces Martín Domínguez se había implicado en la construcción de viviendas sociales para sindicatos, en terrenos comprados por la compañía FOCSA. Tras el triunfo de la revolución, el arquitecto recomienda a los dueños que vendan los terrenos al Estado, antes de que los confisquen. “Mi padre lo vio venir todo desde el principio, por su experiencia en el lado republicano. Pronto identificó los discursos de Fidel Castro con los de la Pasionaria. ‘Esto ya lo he oído yo antes’, decía. Sabía muy bien a dónde iba aquello. Mi madre no, pero él sí”. La junta de FOCSA le envía a hablar con el Che Guevara, que llevaba el Ministerio de Hacienda y la Fortaleza de La Cabaña. “Ahí todas las mañanas fusilaban gente. Las ráfagas se oían en toda La Habana. Negocia con él y venden los terrenos por debajo del precio de adquisición, claro. Luego el Che lo invita a cenar”. Y ahí Martín Domínguez sella su suerte. El comandante Guevara quiere saber más de él. “Bueno, Domínguez, usted es republicano español. ¿Y cuáles son sus ideas?”. “¿Mis ideas?”. “Sí, sus ideas”. “Pues desde el punto de vista personal soy conservador, y desde el punto de vista político soy liberal”. A partir de aquella conversación empezaron a llegarle agitadores a las obras, para sublevar a los obreros. Entre tanto, Domínguez, junto a Gómez Sampera e Ysrael Seinuk, había presentado el proyecto del edificio Libertad, un espectacular rascacielos de 50 plantas, a un concurso oficial para conmemorar la revolución. “El jurado de arquitectos iba a darles el primer premio. Mi padre no figuraba, claro, pero cuando le enseñan el proyecto a Fidel, dice que no lo acepta, y que ese gallego no vuelve a construir en Cuba”.
Galería de apuestas y hall de acceso a las tribunas del hipódromo.CSIC
ITHACA. Fin del trayecto. Martín Domínguez sabe que ha llegado la hora de volver a partir al exilio. Acepta una propuesta de trabajo de la prestigiosa universidad Cooper Union, en Nueva York, y espera durante meses un certificado de penales de España que nunca llegó. A finales de abril de 1960, el arquitecto abandona La Habana en un barco rumbo a Miami, con su esposa y su hijo, de 15 años, con un coche, algo de ropa, fotos, 150 dólares por persona y un libro que cada uno escogió de la biblioteca familiar. El padre, los ensayos de Manuel Azaña. La madre, un recetario español de arroces. El adolescente, las obras completas de García Lorca. “Pasamos una noche en Miami. Yo quería quedarme más tiempo, teníamos familia, pero mi padre me dijo: ‘No nos quedamos ni un momento más de lo necesario. Tu madre y yo nunca volveremos a Cuba. No quiero vivir de añoranzas y de falsas expectativas. No vamos a mirar atrás. Siempre adelante”. Cuando llegaron a Nueva York, alguien había ocupado la plaza en la Cooper Union por el tiempo transcurrido, pero consigue otro puesto de profesor al norte del Estado, en la Universidad de Cornell, en Ithaca, que definía como “una Siberia con ínfulas modernistas”. Martín Domínguez tiene 62 años. Y vuelve a reinventarse. Se vuelca con gusto en la docencia, trabaja como consultor en programas de viviendas en Latinoamérica y proyecta la preciosa casa Lennox, en Rochester, su última obra. “Mi padre afrontó el segundo exilio con su sentido del humor y su integridad intactos. Tenía una fortaleza de carácter inusual. En Ithaca, pese a las bajas temperaturas, siguió tomando su ducha de agua fría todas las mañanas”. Pero detrás de su humor y su elegancia, siempre pervivió en él ese “hambre constante del exiliado” que mencionan las tragedias griegas, y que en el fondo nada pudo saciar.
Jóvenes de la Residencia, entre ellos García Lorca y Buñuel, en Cibeles (1921). Domínguez tomó la foto.POESÍA 18-19 (1983)
Un premio anual con su nombre recuerda a Martín Domínguez en la Universidad de Cornell, que le dedicó en su día una gran exposición. La de Madrid es la segunda. “Nuestro objetivo ahora es hacerla en La Habana”, dice entusiasta el profesor Pablo Rabasco. “Será la mejor manera de cerrar el círculo”. Y borrar el olvido.
La exposición Arniches y Domínguez. La arquitectura y la vida puede visitarse en la Fundación ICO hasta el 21 de enero.
Tomado de El Pais. https://elpais.com/elpais/2018/01/05/eps/1515153311_985252.html
Casa en Miramar, proyecto de Max Borges Recio y construida en el año 1957 para Alberto Borges. Ubicada en terreno con forma irregular, sus esquinas forman ángulos muy agudos. Se accede a un gran salón que se abre a un espacioso jardín, y a un patio interior, adaptando al terreno los desniveles de la vivienda que sirven para separar virtualmente los espacios y acentuando este efecto con las diferencias de altura en el interior, destaca además en la volumetría los grandes planos de los muros verticales con la cubierta plegada del salón y los grandes ventanales que llegan hasta el techo, así como el enchapado de piedra natural, que cubre a la vivienda.
A principios de los 90 cuando pasaba por esta casa de Miramar con un amigo, este me comentaba a manera de broma, pero no sin razones, que esta era la primera casa “deconstructivista” , habida cuenta del magnetismo que ejercía este movimiento por aquellos años y la obra de Zaha Hadid, en especial el parque de bomberos de la fabrica de muebles Vitra, en Weil am Rhein, Alemania. Imágenes: Agradecimiento por imágenes de archivo y planta al arq. Cheo Malanga. Fotos en color de Juan R. Pollo.